El Partido Revolucionario Institucional (PRI) nació oficialmente el 4 de marzo de 1929, en un México que aún intentaba ordenar las heridas de la Revolución. Surgió como un proyecto de estabilidad política impulsado por Plutarco Elías Calles, con la idea de agrupar a las distintas fuerzas revolucionarias bajo una sola estructura que evitara nuevos conflictos armados. Desde su origen, el PRI fue más que un partido: fue un mecanismo para construir Estado, dar continuidad al poder y organizar la vida política del país.
Durante gran parte del siglo XX, el PRI fue el eje alrededor del cual giró México. Gobernó en prácticamente todos los niveles, formó instituciones, diseñó políticas públicas y moldeó la relación entre el poder y la sociedad. Para millones de mexicanos, el PRI significó orden, crecimiento económico y movilidad social; para otros, autoritarismo, control político y falta de alternancia. Esa dualidad es inseparable de su historia.
El partido se nutrió de sectores sociales organizados —campesinos, obreros y clases populares— y creó una cultura política profundamente arraigada en el territorio. Durante décadas, el priismo fue una identidad heredada en familias enteras, una red de lealtades, liderazgos locales y estructuras comunitarias que daban sentido de pertenencia y estabilidad. En ese tejido humano se formaron generaciones de funcionarios, líderes sindicales y cuadros técnicos.
A partir de los años noventa, el PRI comenzó a transformarse. Las reformas democráticas, la presión ciudadana y la apertura electoral lo obligaron a competir en condiciones nuevas. En 2000, perdió por primera vez la Presidencia de la República, un momento que marcó el fin de una era. Doce años después, regresó al poder, y posteriormente volvió a enfrentarse a una profunda crisis de credibilidad y representación.
Hoy, el PRI vive un proceso de redefinición. Carga con el peso de su pasado, pero también con la experiencia de haber gobernado un país complejo durante décadas. Su historia no es lineal ni simple: es la de un partido que ayudó a construir el Estado mexicano moderno y que, al mismo tiempo, enfrenta el desafío de reconciliarse con una sociedad más crítica y plural.
La historia del PRI es, en muchos sentidos, la historia del México contemporáneo: una narrativa de poder, transformación, contradicción y búsqueda constante de legitimidad.
“La Revolución debe convertirse en institución”
“Gobernar es educar”
“El Estado debe ser motor del desarrollo nacional”
“La estabilidad política es condición del progreso”
“La política es el arte de conciliar intereses sociales”
Se crea para institucionalizar el poder y pacificar la sucesión política tras la Revolución.
El partido adopta un modelo corporativo integrando obreros, campesinos y sectores populares.
Cambia su nombre a PRI y consolida un régimen civil con control electoral y político nacional.
Pierde la presidencia tras 71 años, marcando la transición definitiva al pluralismo político.
Durante el cardenismo se ejecutó el mayor reparto agrario del país, fortaleciendo el ejido y reorganizando la propiedad rural para integrar al campesinado al Estado.
Se fundaron el IMSS y posteriormente el ISSSTE, estableciendo un modelo de seguridad social que amplió servicios médicos y prestaciones laborales a millones.
El PRI impulsó un modelo de crecimiento con estabilidad macroeconómica, expansión industrial, infraestructura y fortalecimiento del mercado interno.
Se aprobaron reformas energética, educativa, fiscal y de telecomunicaciones para modernizar sectores clave y atraer inversión bajo un marco institucional renovado.
El PRI articuló instituciones políticas, administrativas y sociales que dieron estabilidad, continuidad gubernamental y capacidad operativa al Estado durante el siglo XX.
Bajo Lázaro Cárdenas, el Estado recuperó el control de los recursos petroleros, fortaleciendo soberanía y finanzas públicas mediante Pemex.
Se amplió la cobertura educativa y sanitaria, creando universidades, hospitales y sistemas que integraron a millones al desarrollo nacional.
La reforma política impulsada por Reyes Heroles permitió nuevos partidos, representación proporcional y mayor competencia democrática.
El Congreso respaldó la iniciativa del Ejecutivo para nacionalizar el petróleo, consolidando la soberanía energética y el control estatal de recursos estratégicos.
Legisladores priistas aprobaron la apertura del sistema electoral, permitiendo nuevos partidos y representación proporcional en el Congreso.
El PRI apoyó la creación de un IFE más independiente y reglas electorales más equitativas, reduciendo el control gubernamental directo.
La bancada priista impulsó cambios en energía, telecomunicaciones, educación y fiscalidad para modernizar sectores clave del Estado.